domingo, agosto 3

Los viejos juegan al bingo

Yo no soy un viejo. Luego yo no juego al bingo. ¿Será entonces que el bingo juega conmigo? ¿O que yo no jugaba al bingo sino que cubría números que casualmente coincidían con los cantados? ¿O que todo fuera un sueño? ¿Y los sueños sueños son?

No tengo ni la más mínima idea, pero allí estábamos todos, los que rebajábamos la media de edad del local a 72 años, con nuestros cartoncitos y nuestras esperanzas y nuestra incipiente ludopatía. Ah, y con el estómago lleno, gracias a un rico surtido de pescado que pudiera tener algo que ver con mis vómitos del día siguiente. Pocas cosas son seguras en las noches andaluzas. Las partidas se sucedían, cada una con formas de cantar la línea cada vez más retorcidas. Una línea, la siguiente, una columna, una L, X, Ω... las cañas se vaciaron, pero ya no había ganas de beber cerveza, sino de jugar. Perdón, soñar.

La noche llegaba a su fin en el recinto militar y las apuestas se doblaban y triplicaban, Hasta que llegó la ansiada recompensa... Una línea: ¿Línea? ¡Línea! ¡Línea! Y correr hacia la caja para su comprobación y el cobro de la merecida recompensa, que no crecería (ni disminuiría, pese a las protestas de alguien que completó su línea al mismo tiempo, pero se la guardó, era su secreto, ...sssshhhh... ).

1 comentario:

Alba Pez dijo...

Qué bonito
por cierto, aún no te he dado tu parte...